La Pedriza

Una fantástica composición de rocas pulidas y redondeadas, intrincados recovecos que destacan por su colorido y formas caprichosas formadas hace 280 millones de años. Su relieve es único en la Península Ibérica.

Desde Manzanares sólo es posible observar dos de las tres partes en que el ilustre geólogo Casiano de Prado dividió La Pedriza, distribución igualmente adoptada por Bernaldo de Quirós y que hoy sigue siendo válida un siglo más tarde: El Arcornocal, La Pedriza Anterior y La Pedriza Posterior, tres macizos claramente diferenciados.

La punta cimera bien visible desde decenas de kilómetros, hace honor a su nombre: el Yelmo, pero no es esta gigante peña el techo de este singular batolito granítico, sino Las Torres (2.029 m), una sucesión de agujas que se divisan en segundo plano. No obstante, la cota máxima la constituye Cabeza de Hierro, con 2.383 m de altura.

En este universo mineral arraigan a duras penas alcornoques (en El Arcornocal, aunque lo cierto es que su nombre es el recuerdo de un pasado en que los alcornoques eran más abundantes que hoy día), zarzas, jaras, robles y espinos, vegetación que se va haciendo progresivamente más espesa al llegar a la Pedriza Posterior, con bosques de pinos desde que ICONA a mitad de siglo cambió la fisonomía original del Circo.

Tales pinares compiten en las zonas bajas con encinas y con la jara pringosa, que impregna la atmósfera con su peculiar aroma. En las zonas altas tan sólo el enebro rastrero y el piorno sobreviven en el suelo de pura roca.

De la fauna pedricera, el buitre es el rey indiscutible, habiendo prosperado también las cabras monteses en la parte más recóndita de este capricho ecológico.

La leyenda no es ajena a este emotivo espectáculo de la naturaleza. Así, la Cueva de la Mora recibe su nombre porque la tradición relata que en esta gruta fue encerrada una joven mora con objeto de mantenerla alejada de un cristiano enamorado.

Igualmente, estas peñas fueron en el siglo pasado escondrijo de las numerosas partidas de bandoleros que poblaban la sierra, cuyas anécdotas dieron nombre a numerosos riscos, entre los que cabe enumerar el Cancho de los Muertos.

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